Múltiples ondas Nunca Descritas Apenas, o…


Gaby Rodríguez y Luis Carlos Hurtado –‘El Máster’- componen el equipo de dos que desde hace años pelotea al interior de MoNDAo corp. Son una sociedad simbiótica mutualista que no desdeña la individualidad ni la diferencia, sino que en la complicidad, la confabulación y la solidaridad promueve y alimenta el desarrollo de sus respectivas frondas desde sus raíces. Gaby no ha dejado de explorar el espacio íntimo, el lugar donde su feminidad y su mirada –que escudriña detalles que muchos pasaríamos por alto- se han fortalecido para apuntalar un lenguaje leve y amoroso, en forma de dibujos, esculturas y fotografías. Éstos a su vez dialogan con los atisbos al paisaje, al camino, al tiempo del viaje, que ‘El Máster’ traduce en mapas, sistemas y reglas de juegos nuevos. Los ha de renovar con Gaby, en una correspondencia que se perpetúa en giros cariñosos, humorísticos y generosos –pues los comparten con su comunidad de colegas, parientes y amigos- que se han multiplicado en el espacio y en el tiempo de maneras diversas. Han hecho exposiciones, libros y eventos, pero sobre todo han construido un sistema abierto de creación en el que se han permitido explorar técnicas, recursos, contextos y formatos que significa en sí mismo una especie de organismo vivo, análogo a otros que tanto les han interesado y que han observado desde que los conozco: las plantas.

Si El Rey de los Deportes fuera un vegetal, solamente los MoNDAos podrían dibujarlo con la precisión que el botanista implica, pues el diamante en el que sucede es el escenario de un desarrollo puntual -con sus altas y sus bajas- de un régimen de relaciones inesperadas, caprichosas, detallistas, inteligentes, azarosas, intensas, cerebrales e improvisadas. Como ellos mismos afirman, en el beisbol “los robos de bases, los toques de bola (los toques de sacrificio) y los picheos de relevo, son solidarios con el equipo”, independientemente del rol que cada pelotero juega durante sus nueve entradas, si es que no sucede algo antes del último estraic, del último aut. Allí la individualidad brilla en el conjunto, ni el fílder semiolvidado está exento de protagonismo cuando hay que lanzarse contra la valla, lo más alto posible, extendiendo el brazo hasta las gradas para cachar un evitable jonrón. Los códigos de la cácher Gaby –tan elaborados y sofisticados como los del lenguaje de señas de los sordomudos, pero siempre encriptados e ilegibles por el contrincante- son interpretados y correspondidos con otros similares de manera impecable por el pícher Luis Carlos, como fruto de una comunión añeja: mascan el mismo tabaco. Esta comunicación se renueva así en cada partido, en cada estadio, en cada juego, en cada movimiento, alumbrando así alfabetos desconocidos, lexemas inesperados y frases que sorprenden a propios y ampayers. Más allá de la representación de las trayectorias de la bola y de los senderos trazados por los jugadores, de las gráficas de la intensidad de los gritos desde las butacas, de los porcentajes de bateo y de las comparativas de jits, carreras y errores, el relato exacto de la jornada de MoNDAo es un dibujo de caligrafía cálida, emotiva, uno que apunta hacia una investigación alegre y disciplinada de sus genealogías, de sus amores, de sus complicidades.

A Gaby y a ‘El Máster’ también les interesa desde siempre compartir procesos, maneras de hacer, aprender juntos, entender y echar a andar mecanismos de trabajo que enuncien intereses renovados, energías recargadas de hambre de saber, de conocer. Han explorado la artesanía en diferentes entornos (de Campeche a la Bretaña francesa, pasando inevitablemente por la capital de México), haciendo sombreros, cómics, chicles, tallas en yeso, madera, manuales de cómo no matar mosquitos, cómo mirar una hierba a la orilla del camino, grabados, revistas, sistemas de riego, un pozo. Recientemente hallaron en los sabots, los tradicionales suecos tallados en palo de los campesinos bretones, un pretexto para conmemorar de nuevo su colusión aventurera, pero sobre todo los braconniers -unos que tienen el tacón enfrente para destantear al enemigo confiado en las huellas- que usaban los cazadores furtivos, aquellos que buscaban la presa ilegalmente en tiempos de hambre, perseguidos por los señores feudales. No en balde la palabra ‘sabotaje’ tiene su raíz en el nombre del sabot, emblema de los anarquistas franceses del siglo XIX; paradójicamente la creatividad del saboteador debe ser extremadamente eficiente para causar ineficiencia, y siempre abunda en métodos lúdicos, estrambóticos, atrevidos y que no tienen nada que perder. El espíritu de protesta de saboteador acude al sitio del juego, al que representa un acto en contra del sistema establecido, de la ‘producción’ en el sentido capitalista del término, de ahí la determinación ‘ociosa’ e ‘inmoral’ del juego como acto contestatario, en el mejor estilo dadaísta. Apelar al descanso como espacio de trabajo, tirarse en un par de hamacas a elucubrar actos y eventos que no pretenden más que el festejo mismo de esa capacidad, que aparece como una leperada a ojos de una sociedad ansiosa de reproducir su sometimiento a la estructura productiva.

En este sentido, los proyectos que ahora inundan el tiempo de trabajo –quise decir de ocio- de MoNDAo, son cuñas que abren la posibilidad de percibir el espacio cotidiano, aparentemente inerte, a nociones divergentes de ‘trabajo’, ‘juego’, ‘amor’, ‘colaboración’, ‘arte’. Son la chancla que mantiene la puerta simultánea y permanentemente abierta y cerrada, como quiso Duchamp, algo que no cancela la posibilidad de concebir el umbral no como limítrofe de lo privado, sino como continuación hacia la calle, la colonia (Narvarte), la ciudad, el mundo, el universo conocido y por conocer, y anexas: esa cuña se llama viaje. En 2005 Gaby y ‘El Máster’ hicieron una exposición que se llamaba ‘Mi casa es tu casa’, señalando justamente esa coyuntura flexible y elástica, en la que su mitología expandió el quicio de su labor a una epopeya que tiene que llamarse de manera legítima ‘campechana’, en el sentido en el que el lector quiera atribuirle. Desde entonces no han dejado de recrear su práctica vagabunda en los territorios discretos de la ‘ociosidad’.

Hoy comparten sus últimas investigaciones peripatéticas desde la antesala de sus dinámicas intestinas, jugando a pasarse la pelota en giros discretos e infinitesimales, somos testigos de una relación interna que se descompone en un despilfarro del ingenio creativo, en un ping pong que hace que nuestra mirada se atomice, se bifurque y se multiplique geométricamente sobre el caos organizativo de la vida cotidiana. Such is life in the Tropics.

Abraham Cruzvillegas, 2012

 

 


Many overflows Never Described Almost, or…


Gaby Rodríguez and Luis Carlos Hurtado –‘El Máster’- compose a team-of-two that has been playing catch at the interior of MoNDAo corp for at least seven years now. They are a symbiotic and mutualistic society that disdains neither individuality nor difference, but that through complicity, confabulation, and solidarity promotes and nourishes the development of their respective boughs through their roots. Gaby has not ceased to explore the intimate space, the place where her femininity and gaze –which scans details that would go unnoticed to many of us- strengthens and props up a light and amorous language in the form of drawings, sculptures and photographs. These in turn dialogue with the hints of a landscape, the road and traveling time translated by ‘El Máster’ into maps, systems and the rules of new games. By sharing them with a community of colleagues, relatives and friends they renew them through a correspondence perpetuated by kind, humorous and generous twists that have multiplied in various ways through space and time. They have made exhibitions, books and events but most of all they have constructed an open system of creation in which they have allowed themselves to explore techniques, resources, contexts and formats that signify in themselves a kind of living organism, analogue to another which has interested them and that they have been observing since I met them: plants.

If the King of All Sports –baseball- was a vegetable, only the MoNDAos could draw it with the precision implied by botanical study. This is so because the diamond in which it takes place is the clearly developed stage –with its highs and lows- of a regime of unexpected, whimsical, detailed, intelligent, random, intense, cerebral and improvised relationships. As they themselves affirm, in baseball, “stealing bases, bunts (sacrifice bunts) and relieving pitchers are all team solidarity”, independently of the roll of each player throughout the nine innings, and if something does not happen before the last strike, the last out. Individuality stands out in the ensemble. Not even the semi-forgotten fielder is free of the spotlight when he has to throw himself against the fence, as high as possible, arm stretched out all the way to the stands, trying to catch a stoppable home run. The codes of the catcher Gaby–as elaborated and sophisticated as those of sign-language, yet always encrypted and undecipherable to the opponent –are interpreted and corresponded with some similar by the ruthless pitcher Luis Carlos. The result of antique communication: they chew the same tobacco. This communication is thus renewed each game, on each stadium, in each game, on each movement, lighting unknown alphabets, unexpected lexems and phrases that surprise their own team and the umpires. Beyond the representation of the ball’s trajectory and of the paths drawn by the players, of the graphs that plot the intensity of the yelling coming from the stands, of the batting percentages, of the hit statistics, of the runs and mistakes, the precise recount of MoNDAo’s day is a drawing of warm calligraphy, heartfelt, which points in the direction of a cheerful and disciplined study of their genealogy, of their love affairs, of their involvement.

Gaby and ‘El Máster’ are also interested in sharing processes, ideas for elaborating, learning together, understanding and putting in motion work mechanisms that enunciate renewed interests, recharged hunger for knowledge, for seeing. They have explored craftsmanship (from Campeche to French Brittany, unavoidably passing through Mexico’s capital), making hats, comics, chewing gum, plaster carvings, handbooks on how not to kill mosquitoes, on how to watch a blade of grass by the side of the road, engravings, magazines, irrigation systems, a well. They recently found in sabots, the traditional clogs carved from wood of the Brittany’s farmers, a pretext to commemorate once again their adventuresome collusion. And even more so in braconniers, which have the heel on the front so as to confuse the enemy confident in tracking their footprints, that were used by poachers that hunted illegally in times of hunger and who were persecuted by the feudal lords. It is not in vain that ‘sabotage’ comes from the sabot, an emblem of the French anarchists of the XIX century. Paradoxically the creativity of the saboteur must be extremely efficient in order to cause inefficiency, and he always dwells in jaunty, outlandish, and daring methods that have got nothing to loose. The protest spirit of the saboteur moves unto to the place of play, which represents an act against the established capitalist ‘production’ system, there in the ‘slothful’ and ‘immoral’ determination of playing as an act of subversion in the best Dadaist style. Appealing to rest as a space of labor, hanging back in a couple of hammocks to think up of acts and events that pretend nothing more that celebrating precisely this capacity looks like foul language in the eyes of society anxious to reproduce the submission of the productive structure.

In that sense, the projects that now flood the labor time –I mean leisure time- of MoNDAo, are wedges that open up the possibility of perceiving everyday and apparently inert space as infused by diverging notions of ‘work’, ‘play’, ‘love’, ‘collaboration’, ‘art’. They are the shoe that keeps the door simultaneously closed and open, as Duchamp wanted, something that does not cancel out the possibility of conceiving the threshold not as limit to the private, but as continuation towards the street, the borough (Narvarte), the city, the world, the known and unknown universe. This wedge is called travel. In 2005 Gaby and ‘El Máster’ did an exhibit called “Mi casa es tu casa” (My house is your house), which pointed out precisely this flexible and elastic juncture, where their mythology expanded the pivot of their labor to an epic that has to be called ‘campechana’, in whatever sense the reader feels like seeing it. Since then they have not stopped recreating their vagabond practice in discrete ‘leisure’ territories.

Today they share their latest peripatetic research, from the antechamber of their inner dynamics, playing catch in discrete and infinitesimal turns, we are witnesses of an internal relationship that breaks apart in a spillage of creative ingenuity, in a ping pong that atomizes, splits and geometrically multiplies our gaze over the chaos of organizing everyday life. Such is life in the Tropics.

 

 

Mondao es una sociedad fundada en la confabulación. Para entrar en ese espacio uno también debe convertirse en cómplice. ¿De qué? Bien podría decirse que de ser uno mismo. Allí, la etiqueta del “Arte” parece ya no estar prendida a nada, sino que se la puede ver flotando en un suave y libre vaivén. Y así como una pluma se mantiene suspendida en el aire por impulsos contrarios, así logran sus miembros el consenso en su trabajo. Mondao no surge de la presuntuosa declaración de principios: es una zona abierta. Ningún plan parece guiarlos; nada de ideas preconcebidas, pues la idea nace al tiempo que se trabaja y se habla. A la pasividad y a la rigidez se los suplanta con el diálogo, con la diversidad de los puntos de vista, con la ocurrencia íntima. Y al toparnos con las diferencias, como será lo normal, habremos de verlas como los componentes de lo común que hay en sus integrantes. Pero si tuviera que buscar alguna unidad en su trabajo, optaría en todo caso por la franqueza; quiero decir que los integrantes de Mondao, creo, aspiran a retornar a los ámbitos de lo primitivo (o, mejor, a los de la infancia, que es lo mismo). Algo de candoroso hay allí, algo de juego. Así moldean sus artefactos, movidos por la sinceridad, dotando a los materiales más diversos con el flujo de su mundo interior. Contemplar su trabajo es como si recibiéramos una invitación para habitarlos, a ellos, por un instante. Artistas y artesanos también, quizá porque su actividad no pretende la mera abstracción sino la transformación concreta de la materia, por más banal que ésta sea; una transformación de aparente ingenuidad, simple y, paradójicamente, plena de minuciosidades. Sus dibujos no buscan la perfección sino la libertad, y en la confección de sus piezas siempre habrá cabida para el azar. De este modo han creado un espacio que difiere del gabinete hermético, y que se asemeja más al recibidor de la casa que uno habita cotidianamente, donde la colaboración, que enriquece todo trabajo, es una posibilidad incluso para quien es sólo allí un eventual visitante. Una vez dentro, frente a esas piezas que no pretenden el mero asombro sino la comunicación, que más que interpelar a la vida confiesan el placer de vivirla, acaso volvamos a preguntarnos por la esencia del arte con la sospecha de que sea, a final de cuentas, una pregunta vana.

Gerardo H.

MoNDAo is a partnership founded in the confabulation. To be able to get inside that space one must also be an accomplice. What in? It could well be said that in being oneself. There, the “Art” label seems not to be attached to anything, but floating in a gentle and free sway. And in the same way as a feather is suspended in the air by opposite impulses, thus its members accomplish the consensus in their work. MoNDAo does not emerge from the presumptuous declaration of principles: it is an open area. No plan seems to guide them; no preconceived ideas, as the idea is born the moment they work and talk. Passivity and rigidity are replaced by dialogue, by the variety of points of view, by the intimate occurrence. And, as we bump into the differences, as it would only be normal, we will consider them as the components of what they both have in common. But if I were to seek some unity in their work, I would choose openness; what I mean is that MoNDAo partners, I believe, wish to return to the ambits of the primitive (or, let’s say, of childhood, which is the same). Something innocent lies in there, something like playing. Thus, they mould their pieces, driven by sincerity, pouring the flow of their inner world into the different materials. Contemplating their work is as if we received an invitation to inhabit them, for a while. They are artists and artisans too, maybe because their activity does not try to achieve mere abstraction but the real transformation of substance, no matter how trivial this might be; a transformation apparently naïve, simple, and paradoxically full of details. Their drawings do not seek perfection but freedom, and in the making of their pieces there will always be room for chance. In this way they have created a space that differs from the closed studio and looks more like the hall of our home, where collaboration, which enriches every work, is a possibility even for the one who is just a casual visitor. Once inside, in front of those pieces which do not long for simple amazement but communication, which confess the pleasure of living life more than questioning it, perhaps we would ask ourselves again about the essence of art suspecting it is, ultimately, a vain question.