EDICIÓN 2 / LITERATURA
EDITION 2 / (LITERATURE)

La tercera edición del proyecto consiste en la impresión de una colección de textos e imágenes que giran alrededor de la relación que existe entre la literatura y las artes visuales. Para este número contamos con el apoyo como condejeros editoriales de Gerardo Hurtado (quien actualmente cursa la maestría de Literatura Mexicana en la UNAM) y Luis Felipe Ortega (artista visual y maestro de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado, La Esmeralda, en la ciudad de México). Para esta edición pensamos construir de nuevo un puente de trabajo entre las distintas propuestas de escritores y artistas visuales.

 

The third edition of the project consists of printing a collection of texts and images which deal with the existing relationship between literature and visual arts. For this issue we had the support of Gerardo Hurtado (Master Degree in Mexican Literature from the UNAM (Autonomous University of Mexico) and Luis Felipe Ortega (visual artist and professor at La Esmeralda National School of Painting, Sculpture and Engraving, in Mexico City) both acting as editorial counselors. For this edition we thought about building a bridge of work again between the different proposals made by writers and visual artists.

 

 

Gerardo Hurtado

Elipsis biográfica del anómalo Edgar Radcliffe

Donde la simpleza del hombre abdica la imaginación puebla el vacío
Bruno de ScollaQuienquiera que haya leído la extraña biografía de Edgar Radcliffe, trazada según los diarios de su hermana Clara, coincidirá seguramente en que, pese a la severa oscuridad de su vida, el insólito final de este pintor no podía producirse más que por una inminente confrontación con la luz. Si salió airoso o no en el trance, eso será según el ángulo desde donde se lo quiera ver.
Nada en la vida de Radcliffe, como tampoco en su obra, tuvo visos de normalidad. En todo lo que a él atañe las convenciones acaban siempre derrotadas. Los extremos de su vida estuvieron marcados por el signo de la locura. Se sabe que nació con el advenimiento del siglo, en los alrededores de Bruselas, tras un penoso parto a cuyas secuelas sucumbirá la madre poco tiempo después, víctima de la insania. En una página de su diario Clara describe el delirio final de aquella mujer como “una incontinencia verbal, una extraña ansiedad por nombrarlo todo, tal como ocurre con los que alcanzan un intenso estado de videncia”. Se ha insistido en que las anomalías de su hijo produjeron en su espíritu una impresión de la que no pudo reponerse. Otros, un poco más alegóricos, opinan que jamás llegó a verlo de frente. Sobre el padre apenas si figura un par de menciones en los diarios. Que incursionó por algún tiempo como prestidigitador en los bajos nocturnos de la ciudad vieja y que, llegado el momento, transformó el patrimonio familiar en un centenar de litros de whisky, es todo lo que podemos sacar en claro. Resulta fácil adivinar el resto: incapaz de sobrellevar la doble desdicha que le deparó el destino, terminó por abandonarse a sí mismo, fuera del mundo, hasta el punto de desaparecer como desaparecen las visiones repentinas.
Edgar y Clara (trece años mayor) pasaron al cuidado de la tía paterna. Por aquellos días comenzaban a soplar vientos de una inminente ocupación militar. Sin embargo, ni la agitación social ni las turbulencias políticas repararon en ellos. Fue como si aquella casa, a sólo veinte millas del asedio, sencillamente no existiera. En ese casero universo, invisible en apariencia, nada parece haber revestido más importancia que la educación del anómalo, tarea en la que se afanó con estricta exclusividad aquella obcecada mujer, como alguna vez lo hiciera con su propio hermano, muchos años atrás. Clara pasó a un segundo plano, aquel que resulta idóneo para las naturalezas reflexivas. Años más tarde escribiría en su diario: “Ellos, los dos, me convirtieron en una sombra. A eso me habían reducido”
Es aquí donde entramos en la época más nebulosa, la menos aprensible de la vida del pintor. Los pasajes que refieren la etapa formativa de Edgar Radcliffe a menudo se transforman bajo la pluma de su hermana mayor en una narración minada de puntos vacíos, una zona de indeterminaciones. Los diarios se tornan confusos, titubeantes. Dentro de esos ámbitos la prosa se va haciendo cada vez más evasiva: calla más de lo que dice. Todo parece cubrirse entonces por un rápido crepúsculo. El lector tiene la impresión de penetrar en un lugar donde sólo es posible andar a tientas, donde el lenguaje apenas si logra nombrar las cosas. El tiempo se ensancha y transcurre lenta, cautelosamente. No existe cabida para las afirmaciones categóricas: ahí nada se da por hecho. Clara jamás se muestra segura de sus palabras. Diríase que supone, adivina. El acto de escribir se vuelve conjetura, una serie de manotadas al vacío, pura especulación, en atisbo imaginario.
Ignoramos los métodos empleados para desarrollar en un hombre de la condición de Radcliffe aptitudes tan extraordinarias. No así los resultados.
Quienes sobrestiman las primeras obras de Edgar Radcliffe (hoy perdidas, por cierto), que las hacen pasar por objetos prodigiosos, inauditos, son los mismos que quieren encontrar en las memorias de Clara cierto sentimiento de culpa. Pero, en caso de que hubiesen existido, esos dibujos tendrían hoy sólo el valor de una hazaña, no de una obra de arte. En cambio, de las últimas, las que han logrado llegar a nosotros y en las que por fin está ausente la sombra de su hermana, difícilmente podría decirse lo mismo. El hecho de haberse apartado en el preciso momento en que el pintor debía demostrar más que nunca su valía, no engendró en Clara ningún sentimiento de culpa sino una subrepticia jactancia: la de haber sido, una vez más, la incitación oscura de su genio.
Un itinerario similar al de su vida cumple hoy la obra de Radcliffe: tras más de medio siglo en la sombra, ignorada y exánime, por fin se muestra ante los ojos del Pequeño y Gran Público. Poco ha logrado sobrevivir de ella a las contingencias de la historia, es cierto, pero asumamos de buen grado cualquier descalificativo si ello no bastase para censarlo en el círculo de los visionarios. Frente a esas telas finales uno estaría tentado a justificar su olvido: tal es el desconcierto que aún producen. Pero se trata tan sólo de un impulso pasajero. El buen contemplador comprenderá enseguida que si abandona todo intento de comprensión abstracta en favor del puro goce sensual, si concede a la mirada los privilegios de la libertad plena, olvidando las convenciones que rigen el universo de lo visible, es probable que acceda en cada uno de los cuadros a un mundo que potencialmente lo contenga todo, donde toda forma se funda en un solo hecho “visual”, homogéneo en apariencia, aunque en lo absoluto abarcable por la sencilla razón de que está hecho con la arcilla de Todo lo que bien podría imaginarse en el espacio de un instante.
No se llega a semejantes alturas sin pagar un precio, cualquiera que éste sea.
Sobre las causas que lo condujeron a la muerte cabe todo tipo de conjetura. Quizá no sea exacto decir que se debió a una pérdida gradual del juicio. De inmediato saltaría quien alegue el dictamen contrario, el de la paulatina acumulación de lucidez. En realidad ambas opiniones no se excluyen. La ejecución de su primer retrato, aquel que por vez primera pintara a solas, y cuyas secuelas marcaron el inicio de su trascendencia tanto como el de su declive, produjo en Radcliffe un inmenso cambio que nosotros estamos lejos de comprender. La denuncia, los tribunales, la cárcel, la humillación de que fue objeto tienen aquí una escala menor. Habría bastado que ese prominente anciano (quien imposibilitado para contemplar sus nuevas adquisiciones mostrábalas en fastuosas veladas a sus favoritos) hubiera podido introducir las manos donde todos decían ver simplemente el vacío para percatarse de que efectivamente ahí estaba él, con todas y cada una de las anfractuosidades de su rostro. Y más allá de sus facciones la estancia, el alfombrado, los espejos, las paredes, las cortinas. Y más allá los muebles de la estancia, y el dibujo de la alfombra, y los reflejos del espejo, y los cuadros en las paredes, y la ventana oculta tras el cortinaje. Y más allá quienes jamás ocuparán los muebles, y las formas que nunca adoptará el dibujo, y los objetos aún no reflejados, y los imaginarios habitantes del paisaje, y todo lo que se puede o no contemplar desde la ventana. Y más allá lo ausente, lo posible.
Edgar Radcliffe murió tras siete meses de febril encierro. Tenía veintitrés años. A esa época debemos tres de los cinco cuadros que conocemos. Sabemos, sin embargo, que fueron siete en total, cada uno superando en magnitud y complejidad al anterior. Clara halló su cadáver en el sótano de la casa, donde solía trabajar. El cuerpo yacía en un rincón. Más allá su paleta se abría como un profundo agujero sobre el suelo. Aunque Clara nunca lo menciona, corre la versión de que al momento de expirar el imposible rostro de Edgar Radcliffe semejaba el de un iluminado.

 

 


Autorretrato. Estudio 1, Edgar Radcliffe

 

 

 

 

 

 


Elizabeth Corral

Con los ojos de la mente

 

 

 

 

A los lectores de marcada inclinación visual les basta una insinuación, la sola referencia a un color o a una forma, para construir una imagen en su cabeza. La sencillez o complejidad a la que lleguen dependerá, primero, de las libertades que concedan a su imaginación y, después, del estilo del escritor, porque entre ellos también hay algunos más propensos a pintar que otros.
Desde la más alta ventana de mi casa
Con un pañuelo blanco digo adiós
A mis versos que parten hacia la humanidad,
dice Caeiro, y el lector imagina la casa de piedra del guardador de rebaños, una construcción rústica en medio del campo verde, en la que el poeta, asomado a la ventana del último piso, agita el pañuelo con que despide a sus criaturas.
John Banville tiene pasajes plásticos sorprendentes. En El libro de las pruebas, el protagonista Frederick Montgomery siente fascinación por la mujer de un retrato que pretende robar. Hace una descripción tan llena de vida que transforma a la retratada en su semejante, un personaje animado, para él mucho más real que cualquiera de sus congéneres:
ya saben qué aspecto tiene. Una mujer joven, de vestido negro y ancho cuello blanco, de pie con las manos cruzadas por delante... Sus ojos negros y saltones muestran una ligera inclinación oriental. La nariz es grande y los labios llenos. No es hermosa... Su expresión es serena, nada expectante, como si hubiera un dejo de desafío, incluso de hostilidad, en la disposición de su boca. No quiere estar allí, pero no puede estar en otra parte. Han visto todo esto, lo conocen. Pero yo les digo... que a pesar de haberlo visto no saben nada o casi nada. Desconocen la entereza y el patetismo de su presencia.
Hay otro tipo de relación entre las artes, quizá el más sutil e íntimo de todos. Se descubre avanzada la lectura y no importa el número de marcas textuales que sugieran el vínculo; puede incluso no haber ninguna. Llega a la conciencia del lector por los caminos misteriosos que descubren lo indescriptible: Pienso, cuando lo leo, en ciertos paisajes de la pintura metafísica italiana donde todo es nítido, exacto, certero, y, al mismo tiempo, definitivamente irreal.Es Pitol hablando de Tabucchi. El acecho a las palabras para transmitir la impresión de lectura admite que lo mejor es expresar una experiencia con otra afín, una analogía que no necesariamente habla de rasgos concretos sino que apela a impresiones y emociones. Los adjetivos que Pitol usó antes para describir la escritura de Tabucchi ganan ahora peso y precisión, de la misma manera que los ganan los adjetivos con que describe la pintura italiana. El lector de Pitol se acercará en adelante a la prosa de Tabucchi con el perfil de un De Chirico en la cabeza, imagen de una imagen que con toda seguridad acompañará de algunas imágenes más.

 

 

 

 


Luigi Amara


 

 

 

 

Susana Santoyo


 

 

 

 

 

Ricardo Harispuru


 

 

 

 

 

 

Verónica Gerber

 

 

 

 

2.
Muy en el fondo siempre quise estudiar Astronomía. Es raro porque no es algo
que me gustara especialmente desde pequeña pero supongo que en algún punto
me planteó la posibilidad de entender cosas: todo eso que no está a mi
alcance así como, igualmente, las cosas de este mundo no lo están (aunque
parezca que sí). Es sin duda la perspectiva más lejana posible, el punto más
distante desde el que podrían verse todos los sucesos: tal vez así podría dejar de
sentir angustia y convencerme de que nada es en realidad taaaan importante, por
más que lo sienta así en ese preciso momento; tal vez así recordaría
concientemente el pequeñito puntititito que significo en el universo y quizá con
esa certeza diaria encontraría el camino directo a la paciencia Zen, a la
concentración oriental, a la calma, cosa en la que he trabajado ya desde hace
tiempo, a veces con buenos resultados, a veces no, pues implica un esfuerzo
para el que a veces no se tiene la menor energía.
Supongo que fue después de esa extraña muerte familiar, y una película
(que seguramente recuerdas en la lista de las no tan buenas o muy malas, no
importa, a fin de cuentas marcó un momento importante): Contacto, que me
quedó claro que elegir ese camino sería hacer realidad un sueño, pero un sueño
al fin. El problema es que a los 17 años uno ya no puede decir que quiere ser
astronauta como a los 6 u 8, a los 17 descubres que para ser astronauta tienes
que estudiar física y después astronomía y sin duda alguna, después de deportes
y mecanografía, la física era una materia que yo no entendía en absoluto en la
preparatoria y la única forma que encontré para salir bien librada de ella fue
resolver todos los problemas desde la abstracción de las ecuaciones
matemáticas y nunca entender cabalmente de qué se trataba, (grave decepción
ante mi clara incapacidad).
Alguna vez te conté que elegí el arte porque creía que funcionaba como
el punto de intersección de mis más profundas pasiones e intereses y todavía lo
creo, pero a veces pienso que el real punto de intersección sería este otro:
pensarse en el universo, pensar lo que sucede allá a lo lejos casi como analogía
con lo que pasa aquí, con lo que siento aquí y todos esos intereses, incluido el
arte, estarían en una red cuya mejor perspectiva es la astronomía. La astronomía
contemporánea podría entenderse entonces como la versión occidental de la
Filosofía Zen.

 

 

 

 

 

 

 

 

3.
(dibujo imaginario)

El tiempo es como un círculo que girará infinitamente; el
arco que desciende es el pasado, el que asciende el
porvenir; arriba, hay un punto indivisible que toca la
tangente y es el ahora. (Schopenhauer)

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

Adriana Riquer

 


 

 

 

Gabriela Rodríguez

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Luis Carlos Hurtado

 

 

 

 

 

 

Daniel G. Toca

Onomatopoeia

How many “Beeps” does the Road Runner´s to do,
Before the Coyote could eat?
Yes, ´n´ how many “Las” does the Smurfs have to sing
Before Gargamel satisfied his needs?
Yes, ´n´ how many “m” does Homer pronounce
Before he can drink a Duff?
The answer, my friend, is onomatopoeia
The answer is onomatopoeia
How many “o” are in Yabba-Dabba-Do
When Fred Flinstone shouts for a strike?
Yes, ´n´ how many “o” must Leon-O does
Before Thundercats come to help?
Yes, ´n´ how many “o” does a commentator takes
When he cries for a Goal?

The answer, my friend, is onomatopoeia
The answer is onomatopoeia
How many “Wakkas” does Fozzie bear do
Before he finalizes his jokes?
Yes, ´n´ how many “Narfs” will Pinky say
Before he and The Brain take the world?
Yes, ´n´ how many “Has” are in in Woody Woodpecker laugh
Before he turn someone out of his mind?
The answer, my friend, is onomatopoeia
The answer is onomatopoeia


 

 

 

 

 

Luis Felipe Ortega


 

 

 

 

Abraham Cruzvillegas


 

 

 

 

 

Humberto Duque


 

 

 

 

 

Sara Gómez


 

 

 

 

 

 

Eduardo Huchín


 

 

 

 

 

 

Analía Solomonoff


 

 

 

 

Javier Barreiro


 

 

 

 

 

Miguel Monroy

Eat me and die.
Tomar esta hoja, arrugarla hasta hacerla una bola de
papel, ir al zoológico o a algún lugar donde haya un
león vivo. Arrojarle la bola de papel, la pieza termina
cuando el león devora el papel.


 

 

 

 

José Luis Sánchez Rull

 

 

 

 

 

 

Rafael Lemus

Escalera

…ningún libro es también una escalera…
Jorge Luis Borges, “La biblioteca de Babel”

Estancia donde los cuerpos van buscando
cada cual su despoblador.

Samuel Beckett, “El despoblador”
No, no llegaré nunca. Treinta y seis escalones. Descanso. Cuarenta y ocho escalones. Descanso.
Después no sé cuántos. Un millón o doce, nada. Hace tiempo que ya no cuento. Digo treinta y seis
escalones, descanso, cuarenta y ocho escalones, descanso, como quien dice uno o infinito. Para
rasgar el tedio. Para ascender acompañado. Digo que digo y eso hago. En voz alta hablo, finjo que
cuento, para escuchar, multiplicado, el Eco. El Eco y la Escalera, los vértices de mi existencia. Un
vivir sano, rudimentario. Un ir más arriba, poco a poco. Setenta y dos escalones. Descanso. Hablo,
finjo contar, y asciendo. En voz alta hablo, finjo contar, porque deseo ser escuchado. Alguien, allá
arriba, allá abajo, eso busco. Para rasgar el tedio. Para ascender acompañado. Eso, sin apremio,
busco. Eso, sin apremio, será encontrado. Ya habrá quien me rebase y me escuche. Ya habrá quien
sea rebasado y escuchado. Ése es el orden de las cosas. Entonces, cuando los otros, diré lo que
conozco, esto, mi testimonio, poco a poco. Decirlo, mejor, vertiginosamente. Para rasgar el tedio.
Para que no se olvide ni se pierda. Un testimonio breve, cuesta arriba, semejante al de los otros que,
más adelante o allá abajo, también ascienden. Decir, el Eco y la Escalera, los vértices de mi
existencia. Decir, la Escalera, indescriptible. Decir, cualquier cosa que sobre ella se diga, cualquier
cosa que sobre ella se afirme es humo, mera conjetura. He visto, hemos contemplado, nada todavía,
una fracción apenas, minúscula, de su desmesura. Digo lo que conozco, esto, y no conozco apenas
nada. Los escalones uniformes. La blanca, lisa pared. La atroz secuencia. Su figura circular,
denodadamente cílíndrica. Eso y nada más que eso. Nada que desmienta el infinito, nada que lo
asegure. Alguna cima, tal vez, no vista. Algún fondo, es posible. Todavía ningún testimonio en
contra. Nadie que haya admirado un principio, un final, un tropiezo en la secuencia. Digo que digo
y eso hago. Rumores existen, los imaginables. Sobre fallas y resquicios. Sobre secuencias paralelas.
Sobre renegados que alevosamente andan hacia abajo. Podríamos hacerlo, descender, nadie
prohíbe, nadie ordena nada. Podríamos parar, detenernos en algún descanso, y mirar pasar,
mientras ascienden, a los otros. Podríamos subir, para rasgar el tedio, en parejas, en grupos,
acompañados. Nadie baja, empero, nadie estático. En todos, solitarios, ese como impulso de ir más
arriba, poco a poco. Como una comezón, no física, incurable. Instinto, dicen, he escuchado, en
otros testimonios. Una comezón, como la de la mosca. Ésa, ésta, una de mis historias particulares.
La mosca y yo y no más nadie. Primero, yo y mi existencia, sana, rudimentaria. Después, un bicho,
negro, que, contra la blanca pared, sobrevuela, y en mi frente, con un zumbido, su vuelo, sordo,
suspende. La comezón, y la cosa alada que se escapa, cuesta arriba, poco a poco. Pasa el tiempo, y
olvido. De pronto, escalones arriba, en el testimonio de un ser, rebasado, la cosa y la palabra.
Mosca, mosca dice para describir, cuesta arriba, la cosa alada. Aprendo y repito, instruyo. En voz
alta instruyo y asciendo, desolado. Porque nadie, hace tiempo ya, me rebasa, nadie rebasado. Solo,
cuesta arriba, mi voz, entre las paredes, vanamente rebotando, avanzo e instruyo. Cuando mi vista
levanto, escalones, descanso, escalones. Si mi vista bajo, piernas fieras, pies uniformes, el concreto
intachable. Hace tiempo que ya no, en mi horizonte, otro ser aparece, cuesta arriba. No otra voz,
no otro testimonio, sólo el Eco, lejano, inquebrantable. El Eco y la Escalera, los vértices de mi
existencia. Un vivir sano, rudimentario. Un ir más arriba, poco a poco. Imposible callar, impensable
no escuchar. El Eco, en todas partes. Un como rumor, un aletear de moscas, la sorda suma de
nuestras voces. Una voz y otra, un testimonio y el resto. De arriba abajo, de abajo arriba, al mismo
tiempo, cada cuerpo en voz alta hablando. Eso, el Eco. Digo y escucho, escuchan y dicen. Al
rebasar, al ser rebasado, la estela de un testimonio, desgastado, escucho. Mi testimonio, poco a
poco, digo. Me aprehenden y aprendo. Así, nuestro Eco. Así, nuestro Universo, y en el Universo,
así, las conjeturas. Decir, bajo el Eco, en el Eco, conjeturo lo conjeturable. No ahora, hace tiempo,
cuando los otros. Que si la Escalera es única o si otras, inaccesibles para nosotros, ocurren
paralelas. Que si la secuencia oculta, cuesta arriba, una cifra o si es azarosa. Que si el blanco de las
paredes, sólo dos, ondulantes, infinitas, es virtuoso o vicioso. Que si aquí, en esta sección, la
secuencia es doce y en otra anterior once y en otra posterior trece o si no hay, como es dable
suponer, secuencias y sectores. Que si somos, como la Escalera, infinitos, o limitados como el Eco.
Que si el concreto nos excretó o si alguien, alguno, nos tomó por los pelos y nos depositó en un
escalón propicio. Porque tenemos pelos, en diversas partes del cuerpo. Porque en el cuerpo, arriba
y abajo, ese ardor, incurable. Porque de algún modo debimos haber surgido. Esto, las conjeturas,
hace tiempo, cuando los otros. Ahora, mecánica, solitariamente, asciendo, poco a poco. Cuando el
hastío, ando lento, como esperando. Alguien, allá arriba, allá abajo, eso busco. Eso, sin apremio,
busco. Eso, sin apremio, será encontrado. Ése es el orden de las cosas, una mecánica segura, cuesta
arriba, poco a poco. De ese orden, con ellos otros, formo parte. Cuerpos que, como moscas,
ascienden y se cruzan y sus testimonios, poco a poco, comparten. Cuerpos en ascenso que, sin
vértigo y con sistema, topan y no se hieren. Cuerpos conexos, inconexos, como en una órbita. Una
mecánica segura, diré. Un testimonio mecánico, diré. Sin apenas vida, sin apenas nada. Otra cosa,
un testimonio otro, menos sordo, sería impensable. Digo lo que conozco y conozco esto, apenas
nada. Una vida sana, rudimentaria. Un ir más arriba, poco a poco. Es una, ésta, mi experiencia y
ninguna, no ésta, mi sabiduría. Es posible, y es probable, que ni siquiera mía sea la experiencia. Mía
y de todos, universal, sorda, del Eco. La mosca, por ejemplo, y mi aventura. Alguien, allá arriba, allá
abajo, ya la repite, una y otra vez, como propia. Ése es el orden de las cosas. Es probable, y es
posible, que ni siquiera mía fuera la mosca. De otro el bicho y de otro la aventura. Mío, acaso, el
plagio, el repetir, una y otra vez, cuesta arriba, una aventura ajena, robada, de otro y otro y
viceversa. Eso, y esto otro, mi testimonio, tan diluido, tan acotado, ya no mío. Como excreciones
del Eco, eso somos. Hacia él, para en él desaparecer, avanzamos. Porque ése es el orden de las
cosas, no desespero. Ninguna angustia, ninguna, aunque hace tiempo ya nadie, en mi horizonte,
aparece. Ya habrá quien me rebase y me escuche. Ya habrá quien sea rebasado y escuchado.
Entonces, cuando los otros, ese ardor, una vez más el fuego. El tosco encuentro de dos cuerpos, no
poco a poco, vertiginosamente. Una colisión, hermosa, entre tanto tedio. Un cuerpo que, veloz,
asciende y otro que, cuesta arriba, alevosamente, se demora. Ningún freno, ninguna pausa, el golpe
seco. Las piernas fieras y los pies uniformes, de ambos, batidos, embrollados. Dos cuerpos,
confundidos, entre dos paredes, insuficientes. Tanto blanco, ninguna mancha, en todas partes.
Queriendo ascender el uno, deseando no parar el otro. Ese como impulso de ir más arriba, no
exclusivo de ninguno. Alguna llamarada en la lucha, un como sentirse al fin perdido, conquistado.
Las voces, los testimonios, de ambos, mientras tanto. Que se dicen y se escuchan. Que se escuchan
y se dicen. La flama, de nuevo, y la lucha. Entonces, porque ése es el orden de las cosas, uno vence
y se aleja. El más veloz, es así, y cuesta arriba, en voz alta hablando, se aleja. Después, el Eco, sólo
eso, y un como ardor, apenas apagado. No desespero, empero, ninguna angustia en mi horizonte.
Ya habrá quien me rebase y me escuche. Ya habrá quien sea rebasado y escuchado. Entonces,
cuando los otros, ese ardor, una vez más el fuego. Entonces, cuando más arriba, diré lo que
conozco, esto, mi testimonio, poco a poco. Un vivir sano, rudimentario. Un ir más arriba, poco a
poco. Decirlo, mejor, vertiginosamente. Para rasgar el tedio. Para que no se olvide ni se pierda. Un
testimonio breve, cuesta arriba, semejante al de los otros que, más adelante o allá abajo, también
ascienden. Decir, el Eco y la Escalera, los vértices de mi existencia. Decir, arriba, más allá, otro
poco, una vez más el fuego. No, no llegaré nunca. Treinta y seis escalones. Descanso. Cuarenta y
ocho escalones. Descanso. Después no sé cuántos. Un millón o doce, nada. Hace tiempo que ya no
cuento…
(Nota: Este relato debe sus primeras cinco frases, no su atmósfera ni su argumento, a “Tarántula”, un cuento de Juan Vicente Melo.)